lunes, 12 de octubre de 2026

Los deseosos

(Porque a veces leo a Sabines pero le soy fiel a las copas… de la C en delante)

Los deseosos no callan.
A veces guardan silencio,
pero es porque están imaginando
cosas que no conviene decir (sólo escribirlas).

Los deseosos miran.
¡Y vaya que miran!
No como quien contempla un paisaje,
sino como quien reconoce una geografía donde quisiera perderse
sin necesidad de pedir indicaciones.

Los deseosos no buscan su media naranja.
¡Qué estupidez!
Buscan a alguien completo
que sepa quitarles la solemnidad,
que les desordene la cama
(y un poco las certezas).

Los deseosos son unos condenados.
Se pasan la vida fingiendo compostura,
hablando de política, de pedagogía, de poesía,
mientras debajo de la conversación
corre otra conversación mucho menos académica.

Los deseosos conocen la diferencia entre mirar y tocar,
entre querer y poder,
entre una fantasía compartida y una invasión.
No siempre fueron sabios.
Algunos aprendieron tarde, otros a besos,
y unos cuantos todavía confunden el deseo con el derecho.
(Esos no son deseosos. Son pendejos).

Los deseosos se encuentran en habitaciones donde el reloj pierde toda autoridad.
Los deseosos tienen hambre.
De muslos, de lenguas, de caricias,
de conversaciones obscenas
y de esa deliciosa complicidad
que comienza con un “¿quieres?”
y termina con un “Hasta la próxima”.

Los deseosos ríen.
Porque no hay nada más ridículo que dos adultos intentando conservar la dignidad
cuando ya han decidido perder la compostura.
Se equivocan de botones,
se enredan con las sábanas,
se golpean accidentalmente con la cabecera,
y descubren que la risa también puede ser una forma de intimidad.

Los deseosos tienen memoria...
Recuerdan un perfume en una escalera,
una mirada sostenida medio segundo de más,
una voz que cambió de tono para decir cualquier tontería.
Recuerdan la primera vez que alguien les dijo que también los deseaba.
No porque fuera una declaración trascendental,
sino porque, por un instante, dejaron de sentirse solos
en aquella imaginación desobediente.

Los deseosos envejecen.
Les crece la barriga,
les duelen las rodillas,
se les cae el pelo
(y ganan una curiosa habilidad para quedarse dormidos
en los momentos menos heroicos).

Pero no pierden necesariamente el deseo.
Sólo aprenden que la prisa suele ser mala consejera
y que un cuerpo no es hermoso porque se parezca a una fotografía,
sino porque está vivo,
porque siente,
porque responde,
porque tiene historias escritas donde otros sólo ven arrugas.

Los deseosos son herejes.
Desconfían de quienes hablan de moral
como si hubieran recibido la administración exclusiva de todos los cuerpos del universo.
Los deseosos saben que el infierno no está entre las piernas.
Está en pasar una vida entera avergonzándose de estar vivo.

Los deseosos también se enamoran.
Salen buscando un cuerpo
y terminan preocupándose
por si el otro tuvo un buen día.

Los deseosos saben que todo termina.
Las erecciones, las noches, los encuentros,
las promesas y hasta las ganas…Pero insisten.
Porque desear es una forma
de mandarle a la muerte
una fotografía obscena
con una dedicatoria: “Todavía estoy vivo, hija de puta”.

Y cuando amanece,
recogen sus calzones,
sus contradicciones
y sus afectos desparramados.

Unos se quedan, otros se marchan… Otros se besan sin prometer nada.
Los deseosos no quieren salvar al amor,
Quieren morder la vida,
lamerle las heridas,
desnudarle las certezas
y hacerla gemir de alegría.

Porque la vida es breve,
la muerte es segura
y la cama (o el sofá), afortunadamente,
todavía tiene espacio.
Amén (y que cada quien se haga responsable de sus pecados favoritos).



Twitter: Owiruame

jueves, 8 de octubre de 2026

diosas

Tengo tres diosas (a quienes adoro).

Una sostiene el tiempo: lo amarra, lo cuida, lo vuelve hogar.  
Otra lo incendia: cuestiona, empuja, desordena.  
La tercera lo extravía: juega, provoca, abre caminos que no sabía que existían.

No elegí entre ellas (sería la muerte).  
Aprendí a arder sin dejar de permanecer.  
Y a perderme sin necesidad de estar perdido.

La diosa de mis tiempos me conoce en versiones completas  
(incluso las que yo negaba).  
La de mis herejías me nombra en borrador  
(y me provoca a reescribirme).  
La de mis desvaríos me descubre entre líneas  
(y me invita a escribir lo que todavía no imagino).

Una me dice «quédate».  
Otra, «atrévete».  
La tercera, «¿y si...?».

(Y en esa conversación… soy más verdad).

No son opuestas (aunque a veces lo parezcan).  
Tampoco son mitades de algo que me falta.  
Son mujeres enteras, con sus propios mundos,  
sus certezas, sus dudas y sus maneras de amar.

Una es la historia que seguimos construyendo.  
Otra, la rebelión que me obliga a cuestionarla.  
La tercera, el desvarío que me recuerda  
que todavía quedan historias por vivir.

Las honro distinto  
(con el mismo cuerpo y distintas letras).  
No porque sean iguales,  
sino porque ninguna es intercambiable.

No les pido que sean eternas  
(ni que prometan lo imposible).  
Quiero encontrarlas libres,  
sabiendo que pueden irse  
y celebrando que elijan quedarse.

Porque hay amores que se quedan,  
otros que te enseñan a no quedarte igual…  
y algunos que llegan para recordarte  
que todavía puedes sorprenderte.

Tengo tres diosas (a quienes adoro).  
Y si alguna vez me preguntan en qué creo,  
no hablaré de templos ni de milagros.

Hablaré de ellas.  
De lo que hemos sido,  
de lo que estamos siendo  
y de todo aquello que aún no sabemos.

(La fe, después de todo, también es una forma de incertidumbre).


Twitter: Owiruame

sábado, 3 de octubre de 2026

sábados (por la noche)

Los sábados por la noche sirven para dejar un vaso a medias sobre la mesa y decir que ahorita lo recoges (no lo recoges).  Para poner música que conoces demasiado bien, abrir el refrigerador sin tener hambre y revisar el teléfono aunque sepas perfectamente que no hay nada que valga la pena.

A esa hora la casa ya perdió la obligación de verse decente: hay una taza que sobrevivió desde la mañana, una cobija fuera de lugar, algún zapato donde no debería estar. La computadora sigue abierta porque cerrar pestañas también exige cierta responsabilidad que no aparece los fines de semana.

Afuera la noche es ruido: un carro pasa con música demasiado alta. Un perro decide que las diez de la noche son buen momento para discutir con otro. Alguien llega. Alguien se va.

Uno se queda.

Y quizá eso sea lo raro de los sábados por la noche… Durante años parecían hechos para estar en otro lado. Para salir. Para tener planes. Para demostrar que uno todavía sabía divertirse… Ahora no.

Ahora a veces basta una pantalla, un whisky  y la certeza de que no tienes que estar en ningún sitio donde te dé flojera estar.

Y entonces llega un mensaje.

Una frase cualquiera.
Una provocación pequeña.
Una de esas conversaciones...
Sigues contestando. Ella también.

Y entonces empiezan los paréntesis, las palabras que escribimos para que se lean de más de una forma…  Hay mensajes que tardan más de la cuenta en responderse. No porque no sepas qué decir, sino porque sabes perfectamente qué decir y estás decidiendo cuánto quieres incendiar la noche.

A veces borras una frase (a veces la vuelves a escribir peor).  La música sigue sonando, el vaso sigue ahí.  La hora dejó de importar.

Y uno entiende que hay noches que no necesitan plan, ni gente haciendo ruido para demostrar lo bien que la está pasando… A veces basta una conversación que empieza inocente y termina haciendo que mires la pantalla como un idiota.

Porque algunos sábados por la noche no sirven para salir, sirven para quedarse exactamente donde estás y hablar con alguien que consigue que quieras quedarte un rato más… para incendiar la noche.



Twitter: Owiruame