(Porque a veces leo a Sabines pero le soy fiel a las copas… de la C en delante)
Los deseosos no callan.
A veces guardan silencio,
pero es porque están imaginando
cosas que no conviene decir (sólo escribirlas).
Los deseosos miran.
¡Y vaya que miran!
No como quien contempla un paisaje,
sino como quien reconoce una geografía donde quisiera perderse
sin necesidad de pedir indicaciones.
Los deseosos no buscan su media naranja.
¡Qué estupidez!
Buscan a alguien completo
que sepa quitarles la solemnidad,
que les desordene la cama
(y un poco las certezas).
Los deseosos son unos condenados.
Se pasan la vida fingiendo compostura,
hablando de política, de pedagogía, de poesía,
mientras debajo de la conversación
corre otra conversación mucho menos académica.
Los deseosos conocen la diferencia entre mirar y tocar,
entre querer y poder,
entre una fantasía compartida y una invasión.
No siempre fueron sabios.
Algunos aprendieron tarde, otros a besos,
y unos cuantos todavía confunden el deseo con el derecho.
(Esos no son deseosos. Son pendejos).
Los deseosos se encuentran en habitaciones donde el reloj pierde toda autoridad.
Los deseosos tienen hambre.
De muslos, de lenguas, de caricias,
de conversaciones obscenas
y de esa deliciosa complicidad
que comienza con un “¿quieres?”
y termina con un “Hasta la próxima”.
Los deseosos ríen.
Porque no hay nada más ridículo que dos adultos intentando conservar la dignidad
cuando ya han decidido perder la compostura.
Se equivocan de botones,
se enredan con las sábanas,
se golpean accidentalmente con la cabecera,
y descubren que la risa también puede ser una forma de intimidad.
Los deseosos tienen memoria...
Recuerdan un perfume en una escalera,
una mirada sostenida medio segundo de más,
una voz que cambió de tono para decir cualquier tontería.
Recuerdan la primera vez que alguien les dijo que también los deseaba.
No porque fuera una declaración trascendental,
sino porque, por un instante, dejaron de sentirse solos
en aquella imaginación desobediente.
Los deseosos envejecen.
Les crece la barriga,
les duelen las rodillas,
se les cae el pelo
(y ganan una curiosa habilidad para quedarse dormidos
en los momentos menos heroicos).
Pero no pierden necesariamente el deseo.
Sólo aprenden que la prisa suele ser mala consejera
y que un cuerpo no es hermoso porque se parezca a una fotografía,
sino porque está vivo,
porque siente,
porque responde,
porque tiene historias escritas donde otros sólo ven arrugas.
Los deseosos son herejes.
Desconfían de quienes hablan de moral
como si hubieran recibido la administración exclusiva de todos los cuerpos del universo.
Los deseosos saben que el infierno no está entre las piernas.
Está en pasar una vida entera avergonzándose de estar vivo.
Los deseosos también se enamoran.
Salen buscando un cuerpo
y terminan preocupándose
por si el otro tuvo un buen día.
Los deseosos saben que todo termina.
Las erecciones, las noches, los encuentros,
las promesas y hasta las ganas…Pero insisten.
Porque desear es una forma
de mandarle a la muerte
una fotografía obscena
con una dedicatoria: “Todavía estoy vivo, hija de puta”.
Y cuando amanece,
recogen sus calzones,
sus contradicciones
y sus afectos desparramados.
Unos se quedan, otros se marchan… Otros se besan sin prometer nada.
Los deseosos no quieren salvar al amor,
Quieren morder la vida,
lamerle las heridas,
desnudarle las certezas
y hacerla gemir de alegría.
Porque la vida es breve,
la muerte es segura
y la cama (o el sofá), afortunadamente,
todavía tiene espacio.
Amén (y que cada quien se haga responsable de sus pecados favoritos).