La primera vez que vi una mujer desnuda no fue en internet, ni en una revista escondida debajo del colchón de algún primo mayor. Fue en una pequeña caja de plástico con una lente al frente que tenía Fili, la rana ─ le decíamos─ se llamaba Filiberto, pero a esa edad nadie cargaba con nombres completos.
Un día de tantos, alcancé a ver un grupo de niños que rodeaban a Fili, atrás del salón de usos múltiples de la escuela, donde la vigilancia de los profesores era escasa. Nadie dijo "sexo". Nadie dijo "deseo". Nadie dijo "cuerpo". Los adultos eran excelentes construyendo silencios; nosotros nos especializamos en llenarlos con rumores. Que si las mujeres hacían esto. Que si los hombres aquello… La educación sentimental de mi generación era un montón de mentiras dichas con absoluta convicción por niños que sabían exactamente lo mismo: nada.
La caja cabía en la mano. Parecía un juguete viejo, uno de esos objetos que los adultos guardan en los cajones junto con llaves que ya no abren nada y fotografías de gente que nadie recuerda.
Pero en la caja de la rana había una filmina. Una sola.
Un pedazo diminuto de plástico transparente que, contra la luz correcta, abría una puerta que nadie había mencionado.
Fili la sacó con cuidado, sabíamos que era algo que teníamos que esconder, un secreto. No dijo mucho. No hacía falta. A los once años uno aprende rápido que hay silencios que explican más que cualquier adulto intentando hablar de "temas delicados".
La filmina pasó de mano en mano.
Cuatro o cinco segundos para cada uno.
Mirar. Apartarse. Entregarla al siguiente.
Nadie se reía demasiado. Esa es una de las cosas que recuerdo. Todos queríamos aparentar que éramos más grandes de lo que éramos, pero en el fondo estábamos ahí, cinco o seis niños con la misma cara de quien acaba de encontrar una puerta secreta en una casa donde creía conocer todos los cuartos.
En ese momento sólo sentí entre emoción, temor, vergüenza y sobre todo una sensación de sorpresa que me golpeó el pecho.
No entendíamos nada. Ese era el detalle. No era deseo todavía. Era desconcierto. Era la sensación de que el mundo tenía una parte escondida y que los adultos llevaban años caminando por ahí sin molestarse en dejarnos un mapa.
Después seguimos jugando. Como si nada. Como si una pequeña imagen ampliada por una lente barata no hubiera movido unos centímetros las paredes de la infancia.
Años después apareció internet y el misterio cambió de domicilio. Ya no había que esperar a Fili robando una filmina del escritorio de su padre. Bastaba buscar y el algoritmo hacía el resto. La pubertad dejó de llegar como un rumor de recreo, empezó a irrumpir por la pantalla con la delicadeza de una botella estrellándose contra un escaparate. Sin que nadie pregunte qué hace un niño con todo eso en la cabeza.
Supongo que crecer consiste en descubrir que casi todos despertamos así: de golpe, mal informados, con el corazón acelerado y la absurda esperanza de que alguien, en algún momento, nos explicara qué demonios acabamos de sentir. Nadie lo hizo. Así que seguimos improvisando la adultez con los mismos apuntes manchados que escribimos en quinto de primaria.