Ven, diosa de mis desvaríos...
y llena de humo y de malas ideas
el corazón de este pecador.
Enciende en mí el fuego de tu boca
(ese incendio que no pide permiso),
y deja a la razón desnuda en una esquina.
Mírame a los ojos
y serán creadas todas las tentaciones.
Y renovarás la faz de mi cama,
de mis sueños
y de esta maldita necesidad de tenerte cerca.
Diosa que conoces
la exacta distancia entre el deseo y mi orgullo,
concédeme la gracia de perder el juicio
cuando digas mi nombre,
y el privilegio de quedarme un rato
en ese lugar donde tus ojos
hacen que hasta los dioses miren a otro lado.
Gracias,
por tus labios que nunca besaré lo suficiente,
por tu voz que incendia la noche,
y por esa manera tuya de aparecer
cuando no sabía cuánto te necesitaba.
A ti que vives y reinas
en el territorio oscuro de mis ganas,
sea la gloria, el deseo y el hambre
por los siglos de los siglos.
Amén.
Y si existe un cielo,
que tenga tu aroma.
Y si existe un infierno,
que al menos me encuentre contigo.
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