miércoles, 28 de octubre de 2026

café

Me serví un café (malo)
y me senté a no hacer nada.

Duré tres minutos.

Recordé los correos,
los pendientes,
la pinche reunión de las doce
y el documento que (seguramente)
nadie leerá completo.

El café seguía ahí,
haciéndose viejo (antes que yo).

Le di un trago.
Frío. Amargo.

Quería ir por otro,
pero tenía una nueva notificación
y una agenda llena de pen… dejadas.

No puedo tomar algo
sin sentir que debería estar haciendo otra cosa.

A mis cincuenta y tantos
todavía hay un pendejo dentro de mí
que cree que para descansar hay que merecerlo.

Hoy pienso mandarlo (todo) a la chingada.

Me sentaré.
Beberé mi café.
Miraré por la ventana
con la misma solemnidad
con que otros contemplan el sentido de la existencia.

No voy a resolver la educación
(ni al mundo),
ni a convertirme en una mejor versión de mí mismo.

Por lo pronto,
que esperen los pen… dientes.

Tengo café.
Tengo mi silla.
Y no estoy disponible
para ninguna chingadera.



Twitter: Owiruame

lunes, 19 de octubre de 2026

¿Qué piensas?

─¿Qué piensas? ─preguntas.

─Nada ─respondo.

Pero esa nada es una descarada mentirosa.

Pienso en tu primer mensaje, en mis primeras letras y en todas las que vinieron después. En las conversaciones que nos robaron el sueño, en las caricias que empezaron siendo versos y terminaron por quitarse la ropa.

Pienso en cómo llegamos hasta la piel. A esa mínima distancia en la que dos cuerpos se empeñan en ocupar el mismo espacio, desafiando las leyes de la física y la prudencia (y las buenas costumbres).

En la pequeña muerte, repetida con una deliciosa falta de respeto por la resurrección. Pienso en ese maremoto de emociones, sabores, saliva, gemidos, placer, sudor y temblor. 

Dos bestias devorándose sin demasiada consideración por las sábanas, el sueño o la reputación. Haciéndose pedazos para volver a inventarse. Como el fénix (aunque suene hereje), como la hidra, donde parece terminar el deseo, nacen otras siete maneras de comenzar.

Furia y ternura. Dientes y besos. El hambre de comernos el mundo y la indecencia de preferir comernos entre nosotros.

Y después, la calma. Esa tregua sospechosa en la que los cuerpos fingen la paz, hasta que una mano distraída, una boca hambrienta, una mirada o una sonrisa vuelven a declararnos la guerra.

Pienso también en tus ojos insondables. En nuestras risas a mitad de la noche, cuando la desnudez deja de ser de la ropa y nos encuentra con todas nuestras inseguridades al descubierto. Tan humanos, tan imperfectos, tan deliciosamente ridículos.

Pienso en detener el tiempo, aunque es una injusticia para todas las cosas que quiero hacer contigo. Pienso en hacer historia, una a tu lado (aunque algunas de nuestras hazañas jamás deberían aparecer en los libros).

Y entonces callo.

Sonrío.

Te miro como se mira una epifanía que acaba de cometer un pecado y no tiene la menor intención de arrepentirse.

Y recuerdo el mito del pulpo y el cocodrilo, luchando en ese mar de sábanas hasta el amanecer.

─ Y tú, ¿Qué piensas? ─digo.




Twitter: Owiruame

jueves, 15 de octubre de 2026

Las letras

Las letras son mi refugio, otras mi escape… y, de vez en cuando, mi coartada para meterme donde nadie me ha llamado.

Gracias a ellas conocí mundos que no aparecen en los mapas, conversé con sabios que llevan siglos muertos y comprendí un poco mejor la soledad humana (aunque sigo sin entender por qué nos empeñamos tanto en complicarnos la existencia).

También me encontré conmigo mismo, conversé con mis fantasmas y descubrí que hay espejos en los que más vale no asomarse.

Las letras me han regalado amores, pasión y poesía. Me han arrancado lágrimas, risas, suspiros y una que otra prenda (no necesariamente en ese orden).

Por eso las colecciono, por eso las atesoro… y quizá por eso las regalo a quienes amo, deseo o simplemente no consigo sacarme de la cabeza.

Algunos ven mis letras tiradas por ahí, como si no tuvieran dueño. No saben que todas tienen nombre, apellido y, algunas, hasta día de la semana. Hay letras de sábado que todavía saben a pecado, y otras de lunes que nunca aprendieron a quedarse.

Otros se las atribuyen, se las roban, se las llevan. ¡Pobres! No saben que mis letras pueden cambiar de manos, pero no de destinatario. Una vez que llegan a quién fueron dedicadas, no son mías. Y hay algunas que (estoy seguro), todavía saben cómo acariciar.

Mis letras me siguen a casa, me acompañan por la calle y se meten conmigo en la cama. A veces me dejan dormir… A veces, me despiertan a deshoras para recordarme nombres que sería prudente olvidar (pero nunca he sido prudente).

Con ellas he dibujado musas y diosas… Algunas han tenido el descaro de materializarse, besarme y demostrarme que pueden ser carne y no sólo tinta. 

Ojalá que las letras nunca me falten para nombrar lo que amo, lo que deseo y lo que todavía me atrevo a imaginar.

Y cuando ya no esté, espero que alguna de mis letras siga provocando una sonrisa, deseo o por lo menos un recuerdo inconveniente.

Porque a fin de cuentas, no escribo para que me recuerde todo el mundo... Me basta con que ciertas personas, al leerme, todavía sientan que les hablo al oído.



Twitter: Owiruame