A estas alturas de la vida no necesito que me enseñen cómo querer, ni tengo interés en descifrar acertijos disfrazados de afecto. La vida ya cobra suficiente por existir como para además pagar peaje en cada conversación.
Estoy demasiado viejo para perseguir a quien se aleja y demasiado joven para renunciar al asombro de encontrar a alguien que se quede.
Estoy para las conversaciones largas (y algunas inútiles, que suelen ser las mejores), para encontrarme en tus ojos (y dejar que te encuentres en mis letras), para las caricias que sobreviven incluso a una pantalla.
No para los silencios usados como castigo, ni para las respuestas contadas con la precisión de quien teme gastar demasiado.
Así que aquí estoy. Si quieres hablar, conversemos. Si quieres guardar silencio, que sea de esos silencios que acompañan y no de los que castigan. Podemos leer poesía, intercambiar cuentos, escuchar música o simplemente sentarnos del mismo lado de la noche.
Porque uno aprende ciertas cosas con los años: que el cariño no debería venir acompañado de instructivo, que el interés no tendría que arrancarse con pinzas y que nadie merece pasar la vida adivinando si es bienvenido donde está.
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