Te hablo de libertad
como quien conoce todas las salidas
de una habitación,
pero ha decidido no abrir ninguna.
Te digo que no hay puertas cerradas,
que ninguna de mis manos
tiene derecho a detenerte.
Pero miento un poco.
Porque fui yo quien comenzó a atarte
con las letras que había reunido a través de los tiempos.
Fui tejiendo metáforas alrededor de tus tobillos,
alegorías en tus muñecas,
versos que se cerraban lentamente
cada vez que intentabas olvidarme.
No utilicé cuerdas.
Me bastaron las letras.
Después derramé sobre tu piel
la cera tibia de mi deseo.
Dejé pequeñas señales,
para que tu memoria reconociera
el calor de mi boca sobre tus hombros.
Y fabriqué una cadena
con secretos, promesas y silencios.
La tejí despacio
y la dejé descansar alrededor de tu cuello.
Un collar de perversas intenciones
que sólo yo sé leer.
Ahora te recuerdo que eres tuya,
que puedes deshacer cada nudo,
que no naciste para pertenecer a nadie.
Quizá ésa sea mi contradicción:
haber aprendido a escribir tu libertad
con una caligrafía
que terminó convirtiéndose
en mi forma de retenerte.
Y si decides desatarte,
no sé si tendré el valor de ayudarte
o si buscaré otra cuerda, otro hilo,
para comenzar un nuevo poema.
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