Me serví un café (malo)
y me senté a no hacer nada.
Duré tres minutos.
Recordé los correos,
los pendientes,
la pinche reunión de las doce
y el documento que (seguramente)
nadie leerá completo.
El café seguía ahí,
haciéndose viejo (antes que yo).
Le di un trago.
Frío. Amargo.
Quería ir por otro,
pero tenía una nueva notificación
y una agenda llena de pen… dejadas.
No puedo tomar algo
sin sentir que debería estar haciendo otra cosa.
A mis cincuenta y tantos
todavía hay un pendejo dentro de mí
que cree que para descansar hay que merecerlo.
Hoy pienso mandarlo (todo) a la chingada.
Me sentaré.
Beberé mi café.
Miraré por la ventana
con la misma solemnidad
con que otros contemplan el sentido de la existencia.
No voy a resolver la educación
(ni al mundo),
ni a convertirme en una mejor versión de mí mismo.
Por lo pronto,
que esperen los pen… dientes.
Tengo café.
Tengo mi silla.
Y no estoy disponible
para ninguna chingadera.
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