Las palabras son así:
un asidero para aferrarnos a la vida,
nuestro (torpe) intento de dejar huella
en una roca flotante
que no nos pidió existir.
Las usamos todo el tiempo
(como si importara),
como si nombrar fuera suficiente
para que algo (o alguien)
no se diluya entre nuestros dedos.
Y quizá por eso
nacen en la lengua,
ese músculo que sabe de hambre (y placer),
capaz de volver sabor y textura lo que toca…
y de fingir que así,
no se nos acaba el mundo.
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