martes, 1 de septiembre de 2015

el sabio

El hombre más sabio del mundo no estaba a la luz de los reflectores, aunque secretamente pensaba que se veía bien bajo ellos.  Detestaba el escrutinio del ojo ajeno, pero no despreciaba los elogios a su obra.

La gente que le rodeaba lo consideraba si no loco, un excéntrico.  Caminaba sin zapatos por su oficina, cuando tenía una;  Hablaba en voz alta consigo mismo; contaba anécdotas, chistes y planteaba acertijos.

El hombre más sabio del mundo se reía a carcajadas -internamente- de los pobres intentos de sus colegas por entender lo que hacía, pero lo disimulaba con una enigmática sonrisa de resignación.

El dueño de la empresa lo toleraba, porque tenerlo entre sus colaboradores le daba prestigio, pero nunca pudo entender una sola palabra de lo que el sabio escribía.

Cuando conocí al hombre más sabio del mundo en su oficina, no pude sino pensar en Diógenes cuando se le preguntó, al venderlo como esclavo, qué sabía hacer: "Sé gobernar a los hombres, por tanto véndeme a quien necesite un amo".

(a mi vecino)