Creo en ti,
diosa de mis herejías,
creadora del temblor y de la palabra dicha a media voz.
Creo en tu voz,
que profana mis certezas,
y en tus ojos,
donde arde lo que antes llamé pecado.
Creo en tu cuerpo que no me pertenece,
pero me habita,
en la forma en que irrumpe en mis pensamientos
sin pedir permiso ni perdón.
Invocada eres en mis noches más lúcidas,
deseada sin dogma,
pensada sin culpa.
Desciende a mis ideas
y vuélvelas incendio,
resucita en mi piel
lo que aprendí a negar por costumbre.
Creo en el roce que no ocurre
pero insiste,
en la distancia que se vuelve lenguaje.
Creo en tu nombre (que no digo),
en tu presencia (que no poseo),
y en la herejía dulce de escribirte como si fueras eterna.
Amén (o lo que sea que digamos
cuando somos transgresores).
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