No te quiero objeto
(ni mío, ni de nadie),
eres pulso
que decide quedarse,
la grieta donde cedo
sin hacer ruido.
Hay formas de tocar
que no pasan por las manos:
te nombro distinto
(y algo se mueve),
te acerco a la orilla
y ahí
dejas de pretender
que las letras no te hacen nada.
No te tomo,
te dejo el espacio justo
para que vuelvas.
Y cuando vuelves
(ya sin pretexto),
lo sabes:
nadie juega aquí…
pero tampoco salimos intactos.
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