Te escribo y acaricio el teclado con una calma que miente.
Bajo las yemas no hay plástico:
está el ensayo de tu espalda,
la curva exacta donde mis manos perderían la educación si te tuviera cerca.
Cada tecla suena como un golpe seco
contra mi propia paciencia.
(D)escribirte se ha vuelto esta forma indecente de tocarte sin testigos,
sin culpa y sin la bendita ventaja de tu respiración
desordenándose por mi culpa.
Me detengo en tu nombre.
Lo escribo lentamente,
como si la pausa pudiera atravesar cables, pantallas, distancias…
y convertirse en mi boca
distraída en tu hombro.
Hay palabras que no redacto:
las deslizo.
Se comportan como dedos que ya entendieron
que la prisa arruina los buenos pecados.
El cursor parpadea frente a mí
con la misma ansiedad de tu cuerpo esperando permiso.
Y yo aquí, fingiendo que sólo trabajo,
mientras te desabrocho en la imaginación
con la precisión obscena
de quien ha pensado demasiado en tu piel.
Dicen que las máquinas no sienten nada.
No conocen esta pantalla tibia,
ni este vicio ridículo de escribir tus letras
como quien enreda los dedos entre tu cabello.
Te escribo porque si no lo hago,
mis manos empiezan a extrañarte
de formas poco elegantes.
Cierro la laptop.
La oficina queda en silencio,
pero mis dedos conservan memoria.
Y eso es lo verdaderamente injusto:
que después de tocarte tanto en palabras,
todavía me falte lo más simple:
tenerte enfrente
y olvidarme por completo de escribir.
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