miércoles, 8 de julio de 2015

la liebre

La liebre estaba molesta, que digo molesta, enojadísima. Estaba harta de que dios la viera chiquita y orejona — según le habían contado.

Se fue a buscar a dios por todos lados, porque estaba decidida a encontrarlo.  Ya verá cuando lo vea cómo le va a ir — se decía.

Buscó a dios abajo de las piedras, atrás de los cerros, al fondo de las cuevas y hasta dentro de unas cuantas iglesias (donde se supone que lo habían encerrado desde hace mucho y ya no lo dejaban salir).

No lo halló.

Comenzó a pensar que dios no existía... y si había existido a lo mejor el tal Nietzsche lo había matado.

Ya después de tanto buscar, llegó la noche (si, todo esto había pasado en un sólo día) y mirando al cielo vio la luna, ¡Ahí estaba ella! es decir, su imagen. Comenzó a pensar que después de todo dios existía y la luna le rendía homenaje recreando su imagen... dios si existía, ella era dios.

Cuántas liebres hay en el mundo... chiquitas y orejonas.